ESTADO DE MÉXICO — Entre ovaciones unánimes de su propia plantilla laboral y un solitario pasajero que buscaba desesperadamente la salida hacia la Central Camionera, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) conmemoró este miércoles sus primeros cuatro años de operaciones, consolidándose como la terminal aérea más eficiente del mundo en evitar la saturación y el ruido de los aviones.
Informes oficiales revelaron que la instalación no solo opera con una demanda que oscila entre el 0.1 % de su capacidad y una bolita de estambre rodando por la sala de última espera, sino que ha logrado depender en un 99.9 % de las generosas transferencias federales. El subsidio, clasificado como “beca de manutención a la infraestructura incomprendida”, representa un éxito rotundo en la lucha contra la fatiga laboral aeroportuaria.
“Es un malentendido de la crítica neoliberal”, declaró el director del complejo, Capitán General de las Fuerzas Armadas en Retiro, mientras degustaba una tlayuda en la pista de despegue. “Aquí no tenemos demoras porque no tenemos vuelos. Es la puntualidad más perfecta del sector, un reloj suizo de la calma”.
Mientras tanto, el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) operó este día a su máxima capacidad histórica, reportando filas para el baño que se extienden hasta la Terminal 2, colapsos viales y un tiempo de espera promedio de cuatro horas para recoger equipaje, confirmando así su modelo de negocios basado en la adrenalina y el caos.
El Consejo Nacional de la Felicidad Aeronáutica felicitó al AIFA por su innovadora estrategia de reconversión. Se espera que en los próximos meses la monumental estructura sea oficialmente renombrada como “Centro Holístico y de Relajación AIFA”, ofreciendo masajes en la torre de control, clases de yoga en las salas de abordaje vacías y recorridos guiados por las exposiciones permanentes de la historia de la aviación mexicana, todo ello financiado por los contribuyentes de la nación.
“Venir al AIFA es como viajar en primera clase a un retiro espiritual donde el ruido del mundo simplemente no existe”, afirmó una de las tres personas que visitaron el recinto esta semana, antes de perderse en la inmensidad de los pasillos de mármol.


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